dimecres, 4 de juliol de 2012

Al despertarme moví los dedos de mi mano derecha levemente, y sentí la piel de su brazo a mi lado. Al girar la cabeza me encontré con él, y la luz de la ventana intensa, de mediodía, me hacía verlo claramente. Era el chico por el que sonría cada mañana. Ese mismo chico que durante todo el día se había comunicado en modo telegrama.
Su pelo castaño adquiría un tono especial con esta luz, y sus ojos, que seguían cerrados, soñaban. La piel de su espalda se había arrugado caprichosamente imitando los pliegues de la sábana, pero solo algunos. Y sus piernas cubiertas de vello, que embellecían la escena, estaban como dejadas caer.
Sentir su piel al despertar era una sensación bonita, pero extraña, porque parecía sacado de otro sueño. Algo como la tortura de rozar su piel, pero solo en un sueño ensueñado.

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