diumenge, 9 de gener de 2011

Era previsible y anuncié el fin. A los pocos días me encontraba con el fin por su parte también, pero lo peor era que por su parte nunca hubo principio. Me explico, nunca me quiso y no le ha dolido olvidarme como lo ha hecho.

Fui muy tonto, lo sé, no era ni es para mí. Mentiras, y luego mentiras en su mar de jeringas y versos dónde nos hacía creer que le importábamos, pero sólo quería que bailáramos su agua, que fuésemos los perros que le ladraban. Ahora ya no me tiene a mi, al chico de 22 que se moría por contarle las pecas, por enseñarle a bailar.

Él mismo se ha perdido, y aunque sé que no volverá, sabré reaccionar si lo hace. A mi ya no me engaña, ni me habla de corazas ni de sistemas autodefensa, excusas de tan baja calidad que no encuentro el ejemplo adecuado. Basta ya de bellas palabras y de canciones con mensajes escondidos en letras que a veces ni tú entiendes.

Que se vaya a tomar el fresco de su corazón, que es más helado que el frío de la antártica. Yo vuelvo a mi madriguera esperando que otro ser como yo entre por equivocación y nunca me mienta ni me haga sentir mal por mis sinceras palabras. Y repetiré SINCERAS, porque las suyas nunca lo fueron, o que se lo pregunten a otros damnificados como yo. Es tan débil, que se esconde debajo de una capa de superioridad inútil, porque al final se le ve.

El fin llegó, y esta vez llegó para los dos.

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