diumenge, 23 d’octubre de 2011


Ahora simplemente me dedico a escuchar el sonido de las hojas al caer de otoño. Escuchar el crujido incesante y silencioso de encogerme con cada mirada suya, a cada palabra. Él era una hoja seca de álamo que un día de primavera se posó sobre mi rodilla mientras leía en un banco solitario en un paraje no muy lejano a mi playa. Era una hoja especial, porque había marchitado en primavera, y porque no son comunes los álamos cerca de la playa. Vuelvo a sonreír ahora que le recuerdo llegar con un gesto vivaz y unos ojos tan profundos como el lugar de donde salen mis lágrimas. Pensar las horas que dediqué a pasarlas con él se me hacen una vida derrochada entre conversaciones y amor no compartido.

En el momento que vi sus brazos rodeando otro cuerpo, más delgado y enclenque que el mío, sentí derretirse la coraza de hielo que con tanto esfuerzo logré construir. Se derritió en menos que duró su abrazo, y algo me golpeó de manera rotunda y sin tiempo a reaccionar. Todavía duele y provocó un hematoma importante que tardará en desaparecer. Un gesto que traspasó demasiados sentimientos, demasiadas horas pensando en él...

La hoja soy yo ahora, pero de sauce llorón. Me di cuenta que nunca me amará, y nunca lo hizo, simplemente quiso quedarse entre las hojas de mi libro, quedarse entre el fleco de mi bufanda azul de lana.


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