dijous, 29 de desembre de 2011

Hoy una piedra pesa en mi corazón, y no puedo mirar nada sin que me recuerde a él. No tengo ganas de sonreír, no tengo ganas de mirar la televisión, y no tengo ganas de nada más que de estar en mi cama, en mi mundo. Sé que había lacras insalvables a largo plazo, pero aún quedaba plazo para llegar a ese punto. Ahora sí noto el frío del invierno, frío del que no me protegerá, frío que sí existe, y existe en mi cama, en mis manos, en mis labios.
El terciopelo me acaricia ahora y los gorriones me susurran levemente que el ser es bastante por el momento. Ahora solo la niebla lo hará, la niebla. Las flores azules miran por la ventana mi tristeza pasar y el candil apagado dentro de un cuerpo que vuelve a pertenecerme. Me paseo cuál bolero sin ritmo ni sentido y me aferro al primer cuaderno que encuentro, luego empiezo a fanfarronear en el papel en blanco y todo cambia. Unos brazos rodean mi cuerpo y delatan mi falta de ímpetu, de vibrar, pero no son los suyos.
Días después noto que la primavera se acerca, y que la vida sin él es algo incluso más bonito que con él. Al derramar unas cuántas lágrimas me percaté que eran mías y lanzadas por mí, con un significado claro: lloras por y para ti.
Ahora me sonrío pensando que todo irá bien y que malgastar el tiempo son cosas del devenir.

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